Aún sin saber cómo, he aprendido a meterme de manera maravillosa en problemas que sinceramente nunca he buscado; pero bueno, aquí sigo a pesar de todo.
Anduve perdido en el bosque al menos por tres días con sus noches, mi única misión era entregar el informe de nuestro avance al cuartel general, las líneas de suministro habían Sido cortadas y había que dar un rodeo mucho más largo para poder escapar de la línea de fuego, éramos mi compañero y yo los encargados de aquella misión, pero tristemente una bala perdida le dió en el cuello y tuve que continuar solo, apenas si tuve tiempo de recoger algo de su munición y seguir adelante, no hubo tiempo de llorar por mi hermano caído.
La nieve impedía encontrar algún camino que permitiera una mínima orientación, solo podía continuar y esperar que de alguna manera pudiera dar con la más mínima seña de esperanza.
El frío calaba en los huesos y cada paso dolía más que el anterior, el hambre jugaba en mi contra y tan solo contaba con un pequeño trozo de chocolate, la munición y el rifle se hacían cada vez más pesados y empezaron a estorbar, si mis superiores se dieran cuenta de tontería que hice al abandonar mis implementos seguramente habría sido enviado a corte marcial, tan solo guarde la pistola aunque solo me quedara una bala en la recámara.
La niebla y el frío se volvieron un complemento perfecto para la desesperación que me invadía, debía llega a alguna parte, de cualquier manera y esperaba que fuera al lado correcto, la tercera noche en medio de la nada se acercaba y debía improvisar, no podía continuar y lo mejor, por decirlo de alguna manera, era dormir acurrucado bajo un árbol, me disponía a comer el pequeño trozo de chocolate que aún conservaba, la oscuridad y el silencio eran mi única compañía, o al menos eso creí.
De la nada en el cielo una bengala fué desplegada, y la noche fué relevada por aquel sol en miniatura que me dejó al descubierto, pensé que estaba solo pero no fue así, a escasos metros de mi estaba un soldado enemigo que se sorprendió tanto como yo pero fue más rápido en su reacción, sentí el impacto de su rifle en mi vientre, a pesar de haber perdido en gran parte el sentido del tacto por el frío, pude sentir el ardor que invadía mi abdomen, apenas si pude sacar la pistola de la funda y apuntar débilmente hacia aquel soldado, la bengala poco a poco empezaba a disiparse, no se a quien debo a tribuir el hecho de no haber muerto aquella noche debido a que al parecer a mi enemigo se le trabó su rifle después del disparo que me propinó, y con el poco pulso que aún tenía empuñé mi arma, la visión me fallaba y apenas si podía diferenciar la mancha que sería el soldado con el resto del blanco follaje, y a pocos segundos de desmayarme, disparé...
Al abrir nuevamente los ojos me encontraba mirando un techo desconocido, una carpa en medio de un poblado y un par de enfermeros cambiando mis vendas e inyectando plasma en mi brazo, según me informaron unas horas después, la bengala los mantuvo alerta de la actividad enemiga y los disparos los guiaron hasta mi posición, estaba más cerca de lo que pensaba, y el soldado con el que me crucé era quien andaba perdido; el azar quiso que su destino final fuera mi última bala, me dieron una medalla por mi información y ayudar a que mi pelotón fuera rescatado del bosque invernal.
Dejo esta nota como prueba de la buena o mala suerte que tuve en mi viaje a la desesperanza pero que al final me dió un boleto de regreso a casa, aún lamento la muerte de aquel quien se cruzó en el bosque conmigo, nunca supe su nombre, si tenía seres queridos que lo esperaran en casa, y cada noche antes de dormir llega a mi el frío recuerdo de aquellos parajes, una parte de mi quedará por siempre encerrada en ese invierno perpetuo, y mi nombres cómo el de muchos otros que allí vivieron y murieron, no importa ahora, no se cuánto viviré, pero una parte de mi murió en aquella guerra.
Carta de un soldado anónimo
Diciembre 26 de 1944
Bastogne - Belgica